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4/12/12

En la pepita del mundo

La semana pasada Félix Baumgartner batía dos récords mundiales impresionantes: saltar desde la estratosfera y que su velocidad de descenso en algún momento superó la barrera del sonido. Todos vimos las impresionantes imágenes cuando muy lentamente se levantaba de su silla dentro la cápsula y se incorporaba como un niño antes de lanzarse a una piscina sobre unas agarraderas, persignarse varias veces, y sin mucho que pensar, con un gusto increíble por algo nuevo, lanzarse al vacío.  Para muchos de nosotros fue algo espeluznante no tener la seguridad de cómo llegaría a 5 minutos de haber iniciado su aterrizaje, a las tierras de Nuevo México.

Esta hazaña fue maravillosa, excepcional, increíble y fuera de toda comparación posible. Si hubiéramos estado dentro de ese traje en lugar de Félix, luego de pisar tierra, muchos -incluyéndome- nos sentiríamos como el amo del mundo, el papá de los helados o simplemente el único humano en realizar esta proeza difícilmente repetible en pocos años. Sin embargo, Félix dijo dos frases que hicieron quedarme boquiabierto. La primera fue: "a veces tenemos que llegar muy alto para ver lo pequeños que somos" y la otra "cuando uno está de pie en la cima del mundo, se es demasiado humilde como para pensar acerca de los récords". Luego de esto, para mí, lo que más batió todo tipo de récord fueron sus sencillas y directas palabras ante la poca cosa que es uno cuando se enfrenta a la maravillosa realidad de lo creado. No me he cansado de ver los videos del lanzamiento de Félix y pienso e imagino qué le pasaría por la cabeza a él al divisar el mundo y tenerlo literalmente a sus pies. Por sus palabras -de nuevo en tierra- deduzco que tuvo deseos de que hubiera paz en tanto países que no la tienen, y para que el mundo cambie y vuelva a orientarse al respeto a la vida y al amor independientemente de las circunstancias que vivamos cada uno.

Por otro lado, hemos visto en los últimos meses deportistas, artistas, o personajes admirados yéndose abajo sus carreras. Lo que los mantenía vivos no era su forma de ser y personalidad, sino la fama que los había soportado como si esta tuviera permanencia eterna. No hace falta ser incisivos para darnos cuenta de que pensamos y actuamos muchas veces, a lo largo del día, como personas insustituibles, creadores de la última palabra, y algunas veces de el universo, pero mientras más tratamos de figurar vanidosamente, más damos a entender frente a los demás el egocentrismo nuestro, que parte de no ver los errores y fallas que cargamos, y que nos convierten en vencibles y humanos. Parte de esto sucede cuando conocemos a alguien que actúa con humildad, y nuestro comportamiento se retrae y caemos en cuenta de que esa acción o palabra es digna de imitar, de hacer copia exacta de la misma. Un ejemplo a seguir.

Por eso nosotros, a pesar de no ser deportista y tampoco famosos -al menos yo no-, tenemos que hacernos valer de lo que somos por nuestro servicio a los demás. Por nuestra humildad. En estos tiempos postelectorales presidenciales, y de las próximas elecciones anunciadas, nuestro trabajo no es de campaña electoral como candidato. El nuestro es de buscar la unión entre los demás. Recordemos que la unión no es utópica, pasajera y estacional. Por eso, no me cansaré de decirlo: tenemos que ser una sola Venezuela.

Artículo publicado en el diario El Universal (Venezuela) sábado 20 de octubre de 2012.

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